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Vino y religión (I)

Vino y religión (I)

Hace sólo unos días que ha finalizado la Semana Santa, una de las más importantes celebraciones para los cristianos (y no sólo para los católicos) y en Mucho gusto, blog de Spira, vino de calidad de Granada, hemos pensado que puede ser un buen momento para repasar, siquiera de forma superficial, la relación entre el vino y las religiones. De forma aséptica y con un toque de humor que esperamos no moleste a nadie. No es éste un lugar para hacer proselitismo.

Religiones hay muchas, es un espacio inabarcable. Así que vamos a centrarnos en las monoteístas, y más en concreto en las tres que tienen más seguidores: el cristianismo, el judaísmo y el islamismo.

Un rápido vistazo en la Red basta para constatar que la primera de ellas es la que más entronca con el vino. En la Biblia, de hecho, hay numerosísimas referencias a la bebida procedente de la uva. Empezando por el principio, y nunca mejor dicho, el Génesis cuenta que Noé habría plantado un viñedo y se habría emborrachado al beber el vino que salió de allí.

Partiendo de la base de que, después de padecer el diluvio universal, el hombre estaba en su perfecto derecho de, digamos, exteriorizar su alegría, cosa que al parecer hizo bebiendo de lo lindo y exhibiéndose desnudo, no es nada extraño que, siempre según las escrituras, le diera una buena bronca a su hijo Cam por chivárselo a sus hermanos, Sem y Jafet. No estaba Noé para recibir reproches pero sí para hacerlos “Serás el esclavo más despreciable de los esclavos”, le soltó.

Otro pasaje bíblico donde el vino adquiere protagonismo es el de las bodas de Caná. En el Evangelio según San Juan se relata que, ya en la celebración, María, la madre de Jesucristo, le dio la mala noticia de que allí no quedaba vino. El Mesías se hizo cargo, ordenó que llenaran de agua unas hidrias y que las llevaran al maestresala. Cuando éste las destapó, los invitados descubrieron, alborozados, que lo que había dentro no era agua sino vino. Y la fiesta siguió, por supuesto.

Aunque el episodio que más marcado ha quedado ha sido el de la Última Cena, a consecuencia del cual se sigue celebrando en las misas el sacramento de la Eucaristía. Se trató de un encuentro con sus apóstoles, supuestamente  celebrado el 1 de abril del año 33 y para celebrar la Pascua, aunque en eso hay discrepancias entre los expertos. Éstos tampoco se ponen de acuerdo sobre qué se comió y se bebió allí ni en si, para lo que nos ocupa, hubo vino o mosto.

Pudo ser vino perfectamente, porque para entonces ya era un producto muy popular. Téngase en cuenta que los primeros documentos que nos hablan del vino datan de cuatro mil años atrás y se localizan en Armenia. Es más: hay quienes aseguran que en la región de Palestina, donde se desarrollaron todos los acontecimientos aquí resumidos, se estilaba mucho más el tinto que el blanco, así que muy probablemente Jesús y sus doce amigos bebieron tinto.

Lo que pasa es que otros estudiosos sostienen que, por la época del año que era, las uvas no podrían haber fermentado y que lo que se consumió en esa cena fue mosto. O torá, en su lengua original. Lo cual explicaría que Jesús se refiriera al “fruto de la vid”. O no necesariamente, porque el fermentado también lo es, aunque más elaborado.

Las palabras recogidas en los evangelios se siguen repitiendo en todas las iglesias cada vez que se celebra la Eucaristía. Aunque lo cierto es que cuando los creyentes católicos comulgan, lo que se les da es una oblea de harina de trigo que recibió en época romana el nombre de hostia por estar “sacrificada en honor de los dioses”. Los protestantes, por su parte, no reciben esa oblea sino un trozo de pan. En cualquier caso, pocas son las veces que este rito, que se conoce como transubstanciación y que significa, teóricamente, que se está convirtiendo el cuerpo y la sangre de Cristo en pan y vino, se hace por completo. Pocas veces dan vino, para entendernos.

El sacerdote sí que lo bebe. Y en ese sentido es curioso reseñar que existen en el mercado varias marcas de “vino de misa”, que con ese nombre se comercializa. Procede de uvas maduras y preferentemente es dulce. Las referencias que nos han llegado no son demasiado alentadoras. O dicho de otra manera: muy bueno no está.

El tema, como se ve, da para mucho. Dedicaremos la siguiente entrada a hablar del vino y el judaísmo, pero no nos resistimos a cerrar este capítulo sin otra cita bíblica que quizás les sirva a los que están pensando equivocadamente que en los escritos sagrados se aconseja el consumo sin mesura. Ahí va: “El vino es escarnecedor, la bebida fuerte alborotadora, y cualquiera que con ellos se embriaga no es sabio” (Proverbios. 20:1)

Fotografía: uno de los muchos cuadros que representan la Última Cena. El más conocido (no es éste) fue el que pintó Leonardo Da Vinci.

 

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