Mucho gusto
Vino y cine (I)
Fotografía: de la web www.santacecilia.es

Vino y cine (I)

Mucho gusto, el blog de Spira y Marqués de Casa-Pardiñas, vinos de calidad de Granada, inicia una trilogía de artículos que hablarán sobre la relación entre el cine y el vino. Sobre una relación lúdica, festiva y agradable, lo advertimos de antemano. Quedan excluidas películas como Días de vino y rosas (que narra el proceso destructivo que sufre una pareja por culpa de su adicción al licor, que no al vino, aunque la acotación sobraría porque el vino también ha destruido a muchas personas) ni Días sin huella, la bajada a los infiernos y al delirium tremens de un escritor sin éxito. Esos dramas, aun siendo extraordinarios, no casan con la filosofía de este modesto medio de comunicación.

Podemos empezar con el cine de Francis Ford Coppola, que también ha filmado historias duras pero de una sordidez no relacionada con el alcohol. El director es, además, un apasionado del vino que tiene unas bodegas en el Valle de Napa, en California, así que mejor excusa, imposible.

Como se sabe, Coppola es el responsable de El Padrino, tres películas imprescindibles (por lo menos las dos primeras) que retratan de manera magistral la vida de una familia mafiosa en particular, y de la mafia en general. En busca del realismo y de la fidelidad, el realizador no omitió escenas que podrían calificarse de costumbristas: una comida presidida por la matriarca con fuentes rebosantes de pasta y, por supuesto, botellas de vino tinto para acompañar. Como también acompañaba en los siniestros encuentros entre clanes o en una de las escenas culminantes de la primera parte de la trilogía: la cena en un pequeño restaurante italiano llamado Louis´s, en la que Michael Corleone (interpretado fabulosamente por Al Pacino) mata al mafioso Sollozo y al policía McClusky.

En El Padrino, el vino no tiene una aureola de producto exquisito; al contrario, se le da un tratamiento de absoluta normalidad. Siempre ha estado ahí, como parte de la dieta mediterránea que los italianos no quisieron abandonar pese a que ya llevaban muchos años viviendo en los Estados Unidos.

El vino está también muy presente en las bodas y demás celebraciones que se muestran, con todo lujo de detalles. También en las misas, por supuesto en latín, como se hacía entonces. Y el enorme Marlon Brando, Don Vito, el fundador de la saga, el que llegó en barco a Nueva York desde su Sicilia natal (desde un pueblo llamado Corleone que en América convirtieron en su apellido), siguió fiel a sus costumbres hasta sus últimos días. “Ahora me gusta el vino más que nunca y estoy bebiendo demasiado”, le confiesa a Michael cuando ya está viejo y enfermo. “Te sienta bien, papá”, replica el hijo.

La tapadera legal de los negocios de los Corleone en su país de adopción, puestos a elucubrar, también podría haber sido el vino, puesto que es uno de los productos que más se exporta desde Italia. Sin embargo, alguien decidió que Don Vito y sus secuaces se dedicaran, presuntamente, a traer desde allí aceite, otra joya del país.

Y hablando de europeos y norteamericanos, podemos reseñar otra película en la que el vino tiene protagonismo. Se trata de French Kiss, protagonizada por Meg Ryan y Kevin Kline y dirigida por Lawrence Kasdan Cuenta la historia de Kate, una mujer algo cuadriculada, de las que parece no poder vivir sin improvisar, que conoce en un avión rumbo a París a Luc, un tipo tirando a excéntrico y despreocupado, y por encima de todo un enamorado del vino.

La película contiene algunas reflexiones muy interesantes. Por ejemplo, ésta de Luc: “El vino es como las personas. El vino toma todas las influencias de la vida y las absorbe para adquirir personalidad”. Da que pensar.

Por último, para no salirnos de Europa, tenemos El secreto de Santa Vittoria, protagonizada por Anthony Quinn y Anna Magnani y dirigida por Stanley Kramer, que cuenta una historia por lo menos curiosa: las tropas alemanas invaden un pueblo durante la II Guerra Mundial con el objetivo de llevarse de allí un millón de botellas de vino. Pero los lugareños se enteran de ese plan y, liderados por su alcalde, ponen todo su talento y su afán para que eso no ocurra. Y lo consiguen, claro. Pero al final Quinn tiene el (irónico) detallazo de regalarle una botella a un mando de las tropas invasoras. Eso es arte.

 

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