Mucho gusto
Una copa a solas

Una copa a solas

En este Mucho gusto, el blog de Spira, vino de calidad de Granada, hemos hablado a veces del vino como elemento socializador, como bebida ideal para ser degustada en grupo porque fomenta la amistad y el compañerismo, porque el consumo moderado de alcohol nos hace sentirnos más cómodos y desinhibidos, porque, como dijo aquél, in vino veritas y a veces necesitamos soltar nuestras verdades, sincerarnos ante la gente que nos quiere.

Por estas cosas y por otras muchas, el vino nos remite a reuniones llenas de camaradería. Por el contrario, hay quienes perciben en eso de tomarse una copa a solas un signo de dependencia excesiva, de adicción y alcoholismo. Entre algunos, eso no está bien visto.

Hora es ya de preguntarse por qué. Evidentemente, que una persona empiece a beber en solitario nada más despuntar el día y que siga haciéndolo, sin otra compañía que la suya propia, hasta bien entrada la noche, no es señal de nada bueno. Especialmente si engulle una copa cada, digamos, media hora. Aquí sí estaríamos hablando de alguien con un problema grave de alcoholismo que lo que necesita, entre otras cosas, son amigos que le acompañen (ocasionalmente para echar un trago, pero sobre todo para escuchar los problemas que le han llevado a beber tanto y aconsejarle que levante el pie del acelerador) y, llegado el caso, ayuda profesional.

Pero una cosa es eso y otra generalizar. No tiene nada de malo que esa misma persona de antes, que se ha pasado el día trabajando y no ha bebido ni una gota de nada que no sea agua o café, llegue a su casa, se acomode, ponga algo de música y observe el atardecer desde su balcón mientras paladea una copa de buen vino que, además, está a la temperatura adecuada.

Tampoco está mal esta otra imagen, que seguro que todos hemos visto en alguna película: el señor o la señora que necesita relajarse más que ninguna otra cosa en el mundo se sumerge en una bañera que previamente se ha preocupado de iluminar con velas. La afortunada criatura vive a partir de ahí un rato de absoluta felicidad, que se hace todavía más patente cuando, tras una inmersión deliciosa entre la espuma, saca la cabeza a la superficie, se acomoda y echa mano de la copa de vino que había tenido la buena idea de apalancar en una esquinita.

Otro momento brillante: la playa está casi desierta, el cielo está nublado y amenaza lluvia, pero no termina de descargar. La misma persona de los dos ejemplos anteriores (que va camino de convertirse en alguien envidiable, no me negarán) tiene muchas cosas en la cabeza pero le está viniendo estupendamente el paseo que se está dando junto a la orilla. El rumor del mar y un viento suave, nada molesto, le ayudan a poner en orden sus pensamientos. Cuando lleva ya caminando más de un cuarto de hora empieza a lloviznar y, justo en ese momento, divisa a lo lejos la terraza de un bar. Está vacío, pero como refugio vale un potosí. Sin dudarlo un instante entra, se pide un vino y se solaza disfrutando del sonido de la lluvia al caer sobre el mar y del sabor de la copa. A lo lejos, un barco pesquero es testigo de la escena.

Uno más y ya está, que no es cuestión de poner los dientes largos. Un viajero (bueno, no lo ocultemos: este que escribe) ha recalado ese día en Évora, una preciosa ciudad del Alentejo portugués. Ha disfrutado toda la tarde de su indudable atractivo, de su belleza decadente, y a eso de las ocho, cuando el sol está empezando a declinar, llega al hotel donde se aloja. Quiere tomarse algo antes de cenar y el recepcionista le dice que estará encantado de abrir el bar para él.

El viajero rechaza el ofrecimiento por cortesía, pero el buen señor insiste y dos minutos después el turista está situado junto a una ventana desde la que observa un panorama en el que sólo un par de detalles delatan que estamos en el siglo XXI. Pero, con un poco de imaginación, uno puede transportarse perfectamente trescientos años atrás. Que es lo que hace, claro, mientras saborea una copa de buen vino de la zona y escucha al fondo un disco de fados que han tenido el acierto de elegir como banda sonora de ese momentazo.

En resumidas cuentas, que beber a solas no es un delito de por sí y que en ocasiones, en realidad, es todo lo contrario: un auténtico placer. Renunciar a él sólo porque nos dejemos llevar por convencionalismos sería imperdonable. Ya sabemos que la soledad puede ser un auténtico martirio y que, en esos casos, la solución no está en el fondo de un vaso. Pero la soledad ocasional y buscada por uno mismo no tiene nada de malo. Y si se adorna con un buen vino todavía menos. Porque entonces uno ya no estará solo. El vino es su perfecta compañía.

Fotografía: www.compfight.com

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