Mucho gusto
Para gustos hay botellas

Para gustos hay botellas

Mucho gusto, el blog de Spira, vino de calidad de Granada, ya abordó la importancia del diseño, de la presentación de un producto, si éste se quiere vender mejor. Decíamos entonces que el vino entra por los ojos y lo mantenemos, pero en aquella ocasión hablamos fundamentalmente del etiquetado y ahora queremos hacerlo de la botella. Porque aunque lo fundamental sea el contenido, y no el continente, todo tiene su importancia. Aunque sea sólo estética.

En su libro El sumiller del siglo XXI, al que ya hemos recurrido en varias ocasiones, Fernando García del Río cataloga hasta nueve tipos diferentes de botellas. Las más populares son la bordelesa (o de Burdeos) y la borgoñona o de Borgoña. La primera es, según el autor, la más extendida. Es de colores oscuros (el famoso verde botella) y se utiliza sobre todo para los tintos. La segunda suele ser de colores blancos y ambarinos y en Francia, país de procedencia, alberga fundamentalmente blancos. En España, sin embargo, hay bastantes bodegas que utilizan ese modelo para sus tintos. Entre otras, nuestro Spira. No por nada en especial sino porque, a la hora de envasar la primera añada, nos pareció más elegante. Y como es para tinto, la botella no es blanca ni ambarina, sino de color oscuro.

También es bastante conocida la rhein, que debe su nombre al río Rin. Es de origen alemán y tanto en ese país como en el nuestro se usa sobre todo para el embotellado de blancos y rosados. Es de color claro o transparente ya que, según explica García del Río, contiene «vinos jóvenes y, por lo tanto, de consumo rápido».

Esas serían las tres más frecuentes. Pero, como hemos dicho, hay más. Está, por ejemplo, la alsacia, parecida a la rhein pero más estrecha y larga. Hay algunos blancos gallegos que han optado por ella. Y está también la más común para los espumosos (que es el nombre correcto para definir el champán o el cava, que no son sino denominaciones de origen), llamada precisamente champagne y bastante parecida a la borgoñona.

Es curiosa la franconia, procedente de Alemania y bastante común allí. También la utilizan los portugueses para ciertos vinos de aguja y tintos muy populares, o los italianos para algunos de sus apreciados chianti y para ese lambrusco tan común en las pizzerías. Y sin ser exactamente así, se parecen bastante al modelo que utiliza una bodega española famosa sobre todo por sus rosados, Peñascal.

Las demás son la jerezana, que es casi idéntica a la bordelesa pero «su negro vidrio suele ser más ligero ya que es una botella sólo pensada como continente y no como envase de conservación, por el carácter eminentemente efímero de estos vinos»; la riojana, prácticamente igual que la borgoñona; y la oporto, más estrecha en la base que en los hombros, que así se denomina a la zona próxima al cuello.

No queda ahí la cosa. Hay bodegueros que, por un motivo u otro, han decidido crear botellas realmente originales. En ese apartado hay que nombrar forzosamente a las bodegas Hacienda Carche, de la Denominación de Origen Jumilla (Murcia) y su tinto Infiltrado. Esto es lo que dice su etiqueta: «El diseño exclusivo de esta botella, con un hombro más pronunciado que el otro, hace que los posos naturales queden cautivos en el interior y podamos conseguir un producto totalmente limpio, sin necesidad de filtrados en su elaboración que pueden restar cualidades al vino y así mantener la personalidad que le proporcionan nuestros viñedos». Por si alguien no ha caído a estas alturas, al tinto le llamaron Infiltrado porque está sin filtrar.

Curiosa resulta también la botella del Eléctrico, un fino de la Denominación de Origen Montilla-Moriles (Córdoba) que, probablemente para hacer honor a su nombre, diseñó una botella en forma de bombilla. O la del cava Kripta, de las bodegas catalanas Torelló Mata, que optó por un modelo que recuerda a las ánforas griegas y romanas.

Otra bodega preocupada por el continente (y también por el contenido, por qué no admitirlo) es Habla, en Extremadura. Allí parecen opinar que, si no hay dos añadas iguales, tampoco tiene por qué haber dos recipientes idénticos. Así que un año embotellan en borgoñona, al siguiente en bordelesa y al otro se decantan por un diseño revolucionario que recuerda a los frascos de perfume, pero de mayor tamaño.

Todas las citadas, y también otras como las de las bodegas Juvé y Camps, empeñadas en darle vueltas y vueltas al modelo tradicional champagne, son botellas que atraen a los amantes del vino, por supuesto, pero también a los coleccionistas. Los que las guardan sin tocar, llenas, y los que prefieren conservar sus, por así decirlo, cadáveres. Que también los hay. Como los hay que atesoran botellas de mayor tamaño: las magnum, las mathusalem, las baltasar y otras de las que hablaremos en su momento, en otra entrada. Lo hemos dicho un montón de veces pero lo repetimos de nuevo: el del vino es un mundo enorme, casi inabarcable.

 

 

 

 

 

 

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