Mucho gusto
El vino entra por los ojos
Botellas de diferentes marcas de vino.

El vino entra por los ojos

Se dice del vino que es un placer para los sentidos. Para todos. De ahí, según cuentan, arrancó la costumbre de brindar, para que también el oído gozara del sonido de las copas chocando. Aunque también es cierto que otras teorías apuntan a que eso del brindis tuvo un origen más prosaico: evitar que te envenenaran.

Para los amantes del vino admite poca discusión el que sea un placer para la vista. En los tintos, ese color cereza, más o menos intenso en función de la uva o la añada, es digno de ser admirado. Como ese amarillo dorado, tirando a ámbar, de los blancos de larga crianza, o ese toque vivo, casi asalmonado, de los rosados.

Pero antes aún del descorche, el aficionado ya ha podido deleitarse simplemente con la visión de la botella. De los tres tipos básicos (borgoñona, bordelesa y renana o rhin), los bodegueros han sabido encontrar mil tipos de variaciones ingeniosas. Por no hablar de los que directamente han apostado por la innovación más absoluta y han sacado al mercado botellas revolucionarias, que por su aspecto más parecen contener perfume que vino.

Y qué decir de las etiquetas. Ahí, especialmente en los últimos años, el mundo del diseño ha jugado un papel fundamental. Los productores parecen haberse dado cuenta definitivamente de que el vino entra por los ojos; de que, sobre todo en tiempos de brutal competencia y caída del consumo, el vino de la etiqueta que llame la atención ya tendrá un punto a su favor. Es cierto que el contenido siempre importará más que el continente, pero también lo es que los detalles hay que cuidarlos.

No obstante, en temas tan específicos como éste, lo mejor es ceder la palabra a los especialistas. Spira, tinto de calidad de Granada, se la da a cuatro diseñadores gráficos que sin duda van a saber explicarse mucho mejor. Vamos con ellos.

Jesús Mescua, que trabaja en Algeciras, comienza explicando que vino y diseño “van unidos desde el principio de los tiempos” y recuerda que “con afán de diferenciarse, los primeros envases de vino de épocas romanas ya mostraban símbolos de su procedencia, para luego, mucho más tarde, pasar a editar las etiquetas con un afán informativo (añada, bodeguero, etc..) más que decorativo”.

“Como en las carteles de cine -prosigue- una buena etiqueta de vino puede contener un caldo mediocre y diseños desfasados pueden albergar un producto de primera. En este último caso perdemos clientes, ya que un buen embalaje o empaquetado siempre ayuda a ese impulso primario cuando nos encontramos en un lineal lleno de botellas y botellas”.

Mescua tiene claro que el diseño, ahora mismo, es “esencial” y que la imagen exterior del vino “identifica y posiciona a la bodega“. Rememora, en ese sentido, que Enate, hace años, empezó a encargar “auténticas obras de arte a consagrados artistas patrios” y que otros han seguido el ejemplo posteriormente. Como Matsu, que se vale de “fotografías de autor para identificar su envejecimiento”.

“Todo vale: trazos artísticos, recreaciones artísticas de la bodega, tipografía añeja, retratos de personajes ilustres,  la forma de la etiqueta, el uso de tintas metálicas, el relieve, la serigrafía del cristal..  Todo sea por transmitir de forma eficaz en el exterior qué podemos encontrar en el interior.  Esa es la esencia, y si además ayudamos a vender más que otros y posicionarnos estética y visualmente, seguro que el vino sabe mucho mejor”, concluye.

Diego Ballesteros, afincado en Granada, discrepa ligeramente sobre algunos matices, pero no sobre lo esencial. Cree que la relación entre el diseño gráfico y el vino es “relativamente reciente” y de hecho incide en que las marcas de lujo “se siguen resistiendo a introducir elementos de diseño gráfico. Un Petrus o un Vega Sicilia no se venden por lo bonita o fea que sea la etiqueta”, afirma.

Sin embargo, añade que “más allá de eso y a pesar de que todavía se siguen viendo ejemplos de etiquetado clásico, es cierto que, quizás de manos de los pequeños productores que necesitan hacer más visibles sus productos, se ha tirado del diseño gráfico para respaldar la calidad de un producto. No sólo en las etiquetas; también se han optado, aunque en menor medida, por otros formatos de botellas más originales, para que la presentación sea lo más impactante posible“.

El especialista añade que, como es lógico, una vez probado el vino, el cliente decidirá si merece la pena o no, “pero esos elementos diferenciadores, un cuidado diseño gráfico y una presentación novedosa, entran antes por los ojos que el aroma por la nariz o el líquido por la boca”.

Ballesteros finaliza con una defensa a ultranza del oficio. “España es un país en el que cuesta explicar a más de uno y más de dos la importancia del diseño gráfico. Todo el mundo tiene un amigo, sobrino o conocido que maneja algún programa de diseño, que cree que ese trabajo (porque es un trabajo, por si no lo sabían) no merece ser cobrado ya que entienden que parece un hobby o que dicho programa (digámoslo de una vez: Photoshop) es capaz de cambiar las cosas dando a un botón mágico que modifica tamaños, hace horizontal lo vertical o amarillo lo que es rojo”.

Ainhoa Urrutia, una navarra que trabaja en Madrid, entiende que en el mundo actual “estamos acostumbrados a recibir gran cantidad de estímulos visuales por todo tipo de medios y, de esta forma, vamos adquiriendo cierta educación respecto a la imagen y el diseño. En este contexto -añade- , para un producto o, como es el caso una botella de vino, es de vital importancia aprovechar la oportunidad que tiene con su etiqueta para comunicar todo sus valores diferenciales respecto al resto de botellas con las que comparte espacio en el lineal”.

La diseñadora pone también el acento en que “el vino, como producto vivo, ligado al disfrute de los sentidos y lleno de matices emocionales, resulta de enorme atractivo como motivo de trabajo para un diseñador o artista”.

Desde Sevilla, Ángel Cachón comienza diciendo que “el diseño gráfico, a diferencia del arte, se rige, o al menos así debería ser, por la ley sagrada de la utilidad comunicativa“. Considera que lo importante de eso es que el diseño “está al servicio del producto y sólo debe usarse en la medida en que el producto necesite de él, cosa que no siempre pasa”.

“El producto es el rey y en el caso que nos ocupa, el vino, es un producto singular que comparte muchas características con otros pero que al mismo tiempo tiene unas particularidades que lo hacen especial”, agrega, para subrayar a renglón seguido algunas de esas características:  “Se presenta, principalmente, en botella. Esto nos obliga a usar, como recursos gráficos, etiquetas cubre corcho y vitolas, como mucho… No es común empaquetar la botella en cajas para la venta individual, y cuando se vende al comercio minorista en cajas de seis o doce, no suele aplicarse diseño con el objeto de la venta, sino más bien cualquier solución gráfica que identifique claramente el producto, bodega, cantidades e instrucciones de apilamiento, etc…”.

Cachón se detiene a continuación en otro aspecto importante: “El buen diseño gráfico no sólo mira el producto, tiene en cuenta tanto o más al público al que está destinado a comunicar, y en este caso el bebedor se deja guiar antes por su gusto y olfato que por la vista. Esta es la principal razón de que, más allá de buenas etiquetas y resoluciones gráficas, lo importante es identificar tipo, marca, denominación de origen y añada”.

Dejando eso claro, sí echa de menos que en el vino “no se ha apostado tanto por la imagen de marca, cosa que sí se ha hecho en licores y otro tipo de bebidas espirituosas, en las que sí se puede reproducir fielmente el producto. Curiosamente tenemos marcas con una impronta clara que nos ayuda a identificadrlas. Algunos ejemplos de bebidas que no dependen de la cosecha y calidad de la uva en su elaboración se han servido este tipo de recursos gráficos. Tenemos un mono que identifica un anís, un ciervo que lo hace con otro tipo de licor… Sin embargo en el mundo del vino poco hemos visto, salvo dos famosas excepciones, que yo recuerde: Tio Pepe y el toro de Osborne. Pero que más que ser la imagen del producto, han acabado trascendiendo para ser imagen de algo más”.

Como se puede ver, el tema da para mucho. Siempre hemos confiado en que este blog sirva para alimentar debates, sobre el vino o sobre lo que se tercie. Quedan emplazados a participar. Pero antes de dar por terminada esta entrada, quizás a alguien le interese saber cómo se diseño el Spira.

Fue así: el nombre se adoptó haciendo un juego de palabras entre spica, la palabra latina de la que procede espiga, y la espiral. Se hizo así un doble homenaje: por un lado a los cereales que ya se cultivaban en la finca San Torcuato de Huélago y que, como recuerda con humor el propietario de las bodegas del Marqués de Casa-Pardiñas, Fernando López Justicia, “ayudaron a pagar las primeras facturas de nuestro vino”, y por otro al símbolo que está en el escudo de los farmacéuticos. Recordemos que esa es la profesión que ejerce el marqués de Casa-Pardiñas.

En cuanto a los curiosos elementos que aparecen en la etiqueta, creada por Javier Herranz (en su día responsable de diseño de la desaparecida revista Sibaritas), así eran los trocitos de azulejos andalusíes que se encontraron escritores románticos como Washington Irving cuando se instalaron a vivir en la Alhambra, allá por el siglo XIX. Es un tercer reconocimiento, en este caso al monumento más representativo de la provincia en la que se hace nuestro vino.

Fotografía: Belén Ortiz. Tratada con Photoshop por Roberto Ruiz

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