Mucho gusto
¿El tamaño importa?

¿El tamaño importa?

En Mucho gusto, el blog de Spira, vino de calidad de Granada, nunca hemos hablado de sexo y no es nuestra intención empezar a hacerlo ahora. El titular de esta entrada únicamente trata de llamar la atención y, de paso, hacer una pregunta que, en el mundo del vino, también es interesante.

La botella de vino más habitual, ya sea bordelesa, borgoñona o de cualquier otro tipo, que eso lo vimos en otro artículo hace unas semanas, es de 75 centilitros. Pero no es la única, ni mucho menos. En cuestión de capacidad, la cosa varía muchísimo. La más pequeña es la de cuarto, que contiene veinte centilitros y es la que sirven, por ejemplo, en los aviones (que, es de suponer, prefieren esos envases individuales a ir cargando con botellas para compartir) o la que contiene un benjamín de espumoso.

En el otro extremo está la Salomón o Melchior, que alberga en su interior 18 litros. O lo que es lo mismo, 24 veces lo que una borgoñona tradicional de Spira. Eso si hablamos de las, por decirlo de alguna manera, oficiales. Algunas bodegas las fabrican aún más grandes.

Entre la una y la otra hay una gama de grises casi infnita, que va desde la media botella (de 375 centilitros) hasta la Nabucodonosor (15 litros), pasando por la conocida magnum (litro y medio), la Jeroboam (tres litros), la Mathusalem (seis) o la Baltasar (doce). Por cierto, es curioso que a la hora de bautizarlas escogieran nombres bíblicos.

En su Manual del sumiller del siglo XXI, al que ya hemos recurrido otras veces, Fernando García del Río subraya que, a todas las anteriores y algunas más, «hay que añadir que en la actualidad existen dos capacidades, como son las de medio litro y un litro, que, siendo muy poco convencionales en Europa, tienen una cierta presencia en mercados como el estadounidense».

Ahora bien; dejando claro que el contenido siempre prevalecerá sobre el continente, hay que volver a la pregunta inicial, o reformularla si se prefiere: ¿varía el interior en función del exterior? ¿Sabe mejor un vino envasado en una botella de 24 litros que otro en una de medio litro?

El Manual del buen catador de la Guía Peñín habla sobre las diferencias de un vino procedente de una botella y otro que tuvo como recipiente un magnum. Y dice lo siguiente: «El magnum es el envase más adecuado para guardar el vino, ya que existe la misma proporción de aire en la cámara que queda entre el corcho y el vino que la que habría en una botella estándar, pero con un mayor contenido de vino, lo que permite ralentizar su evolución. La cámara de aire entre el tapón y la superficie del vino es la misma que en la botella de 75 centilitros; por lo tanto, hay una disolución del mismo oxígeno en doble cantidad de vino. Además, el mayor volumen de líquido reduce la brusquedad de los cambios de temperatura, prolongando el envejecimiento».

Por idéntico motivo, pero a la inversa, la misma guía considera que las botellas de veinte centilitros (el antes citado cuarto, o el botellín, como también se le llama) son «totalmente inadecuadas para la conservación del vino». Pero no se pronuncia sobre los recipientes de capacidad inmensa. ¿Se aplica la misma doctrina que entre el magnum y la botella estándar, de forma que la Salomón es la mejor de todas en materia de conservación?

Se pronuncia al respecto Manuel Penela, enólogo de las Bodegas del Marqués de Casa-Pardiñas: «Teóricamente así sería. Cuanto mayor sea el tamaño de la botella, se supone que mejor para la conservación del vino». Y añade que esa tesis también podría aplicarse a las barricas de roble que conservan el vino antes del embotellado.

«En ese aspecto -incide el enólogo- está más o menos establecido que la que contiene 225 litros, que se llama bordelesa, como la botella, y que es la más habitual, la clásica, es la que mejor conserva el vino porque la cantidad de aire que entra para la oxigenación es la más adecuada. Hará esa función mejor que una barrica de cien litros, al menos en teoría», agrega.

Nótese que Penela siempre pone el acento en que esas cosas se suponen, que no hay nada seguro. El especialista entiende que en el vino, como en otras muchas cosas, no han de aplicarse dogmas. «No debe haber sentencias categóricas, todo es muy subjetivo porque, en la práctica, cada vino evoluciona de una forma diferente«.

Lo suyo, llegado el caso, sería hacer una comprobación empírica: probar vino procedente de todos y cada uno de los envases y decidir después si la capacidad ha influido, si el tamaño importa. Eso sí: para catar una Salomón se recomienda que vaya, por lo menos, una pareja. Ningún médico ha dicho que ingerir 18 litros de vino de golpe sea bueno para la salud.

Fotografía: del blog procotolo-iecs-blogspot.com

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