Mucho gusto
Compañero de viaje

Compañero de viaje

En esta entrada, Mucho gusto, el blog de Spira, vino de calidad de Granada, les propone un ejercicio de imaginación. O de añoranza, como prefieran: traten de recordar un viaje en el que el vino haya contribuido a crear un momento mágico e inolvidable. Si no dan con ninguno, piensen en qué lugar del mundo les gustaría degustar una copa de buen vino. ¿Lo tienen ya? Pues recréense el tiempo que quieran y disfruten.

Es indudable que el vino y los viajes guardan relación. De hecho, de un tiempo a esta parte está muy en boga el llamado enoturismo, rutas por las principales zonas productoras en países de larga tradición vinícola. Es algo que está bastante extendido y tiene enorme popularidad en California (Estados Unidos), donde miles de turistas visitan a diario las bodegas más conocidas y también otras que no lo son tanto. Escribir esto remite de manera inevitable a una magnífica película, Entre copas, en la que el protagonista, un auténtico sibarita del vino, decide que recorrer esa zona es la mejor forma de agasajar a su amigo del alma, que está a punto de perder la soltería.

Francia y sus innumerables bodegas (muchas de ellas familiares, pequeñísimas) también es parada obligada para los amantes del fruto de la vid y eso genera una importante economía. En España, la costumbre se va extendiendo y cada vez es más fácil encontrar esos paquetes-regalo con los que se obsequia en cumpleaños o demás fiestas de guardar y que permiten visitar viñedos de toda la geografía nacional.

Son visitas que, a menudo, incluyen estancias en hoteles ubicados justo al lado de las viñas. Establecimientos tan espectaculares como el que diseñó Frank Gehry para Marqués de Riscal, y otros más modestos pero con un indudable encanto. Sitios todos ellos que permiten estar en contacto con la naturaleza, en un ambiente de total tranquilidad que sugiere hacer una de las mejores cosas que se pueden hacer en tales circunstancias: relajarse con una buena copa en la mano.

Si nos fijamos, el enoturismo se ha extendido de tal manera que rara es la bodega que no permite que se visiten sus instalaciones. Sería una mala idea el impedirlo, de hecho, porque el contacto directo con el público es algo que siempre va a venir bien. Es cierto que algunas tienen dificultades para organizar encuentros de ese tipo, y en ese grupo, por desgracia, ha de incluirse a las del Marqués de Casa-Pardiñas. Por ubicación y por otra serie de factores, no es fácil acceder a la Finca San Torcuato, en Huélago, donde hacemos el Spira. Pero a veces lo hemos conseguido, con resultados muy satisfactorios. Y estamos dispuestos a repetir cuando haya un grupo de aficionados suficientemente amplio. Quede desde estas líneas constancia de que todos los que lo deseen están invitados. El que quiera apuntarse, ya sabe dónde nos tiene.

Pero los hilos que unen el vino y los viajes van más allá de ese tipo de turismo. Para un buen número de personas, un vino remite a un lugar, y viceversa. Todos los que somos aficionados a esos dos placeres hemos experimentado con seguridad esa sensación. Y dado que este humilde medio de comunicación pretende ser abierto y participativo, les hacemos una segunda invitación: compartan con nosotros esos instantes especiales. Disfrutemos del vino hablando y escribiendo sobre él.

Que nadie diga que no predicamos con el ejemplo. Ahí van dos: Monteriggioni, un diminuto pueblo amurallado en plena Toscana, en Italia. Es media tarde cuando una pareja feliz llega a la plaza principal, por la que parece que no han pasado los años ni los siglos. Tras maravillarse con las vistas y con esa luz tan especial que tiene la región, los dos se sientan en la terraza de un bar y piden dos vinos: tinto para ella, blanco para él, extraordinarios los dos. Los saborean en silencio mientras el sol empieza a declinar. Fabuloso.

El segundo: esa misma pareja está en Nueva York. Más concretamente en Times Square, el centro puro de Manhattan. Un lugar por donde pasan millones de personas a diario, y no es exageración. Es un bullicio continuo, un ir y venir incesante que recuerda a la actividad de las colmenas. El tráfico es abrumador. Quienes no estén muy acostumbrados a tanto ajetreo, mejor que se abstengan. O, como hizo esa pareja, que se refugien en un bar. Que allí pidan un par de copas de tinto (a precio estratosférico, si hay que decirlo todo) y se sienten en dos taburetes frente a un escaparate que da a la calle. Que, como espectadores privilegiados y (por fortuna) tranquilos, contemplen ese panorama y reflexionen sobre los contrastes: unos perdiendo la vida por llegar a tiempo a donde quiera que vayan, corriendo como locos y sorteando los coches. Otros, nosotros, ejerciendo de observadores de algo que, a su manera, también es una obra de arte.

 

 

 

 

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