Mucho gusto
Cada vez se bebe menos
Fotografía: noticias.infocif.es

Cada vez se bebe menos

Una imagen real: es lunes por la noche y hace muchísimo calor en la calle, pero en el interior de la taberna La Tana, uno de los templos del vino en Granada, se está bien fresquito. En ese momento hay bastantes extranjeros y todos han pedido tinto. En cambio, de los españoles sólo una pareja se ha decantado por esa opción. Los demás están con la cerveza.

Los que somos aficionados al vino tendemos a pensar que eso que nos pasa a nosotros le pasa también a un montón de gente. Pero no es así, ni mucho menos. Esta semana, Mucho gusto, el blog de Spira, vino de calidad de Granada, analiza algo que no podría considerarse objetivamente un problema, pero que sin duda lo es para un sector del que viven no pocas personas: en España cada vez se bebe menos vino. No sólo en verano. El resto del año también ocurre.

No es algo nuevo, sino una tendencia que se viene manifestando desde hace años. La web Directo al paladar ya publicó en el año 2006 que, según datos de la Federación Española del Vino, se había pasado de los 28,36 litros por persona y año de 2004 a los 26,74 del siguiente ejercicio.

Posteriormente, en 2013, el diario El País se hizo eco también de que el consumo de vinos continuaba a la baja, aunque matizaba que la caída se frenaba un poco, ya que era del 0,9% en el año 2012 frente al descenso del 3,7% que se produjo en 2011. Por su parte, el periódico El Economista, a través de su web Vámonos de vinos y citando también como fuente a la Federación Española del Vino, decía que esa caída llevaba a España “a su mínimo histórico” y nos situaba en el penúltimo lugar de la Unión Europea, sólo por encima de Noruega.

A lo largo de los últimos 12 años, el consumo ha bajado un 15%. La situación es preocupante en un país que es uno de los mayores productores y exportadores de Europa, y en el que además, según consenso generalizado, se está haciendo cada vez mejor vino. Algo está fallando, eso es evidente. ¿Pero qué?

El mismo blog culpaba fundamentalmente al sector: “Hemos conseguido desconectarnos totalmente del consumidor. La gente del vino usa una jerga que ni nosotros mismos entendemos. El vino se ha hecho esnob, casi pedante, y hemos asustado al potencial consumidor joven”, aseguraba, al tiempo que excluía como razón las leyes de tráfico, que castigan con más dureza el alcohol al volante, o la crisis. “Son milongas, excusas. En el vino se ha creado una burbuja como la inmobiliaria. Se invirtió de forma desmedida en bodegas sin un modelo de negocio adecuado y sin hacer el más mínimo esfuerzo para fomentar el consumo. Demasiada oferta para tan poca demanda y esto acaba por petar“. Alto y claro.

También se quejaba de que hay más de 70 consejos reguladores y más de cuatro mil bodegas “y cada uno va a la suya, pidiendo subvenciones con campañas verdaderamente pobres. Cada bodega o cada consejo chupa de la teta del Gobierno para hacer su propia promoción fragmentando los escasos presupuestos, confundiendo al consumidor y diluyendo el mensaje”.

Ante eso, proponía al sector “unirse, poner fondos y esfuerzos, proporcionales al tamaño de cada uno, para diseñar una estrategia que haga que a nivel internacional se venda cada vez más vino español y que a nivel nacional la gente, sobre todo gente joven, consuma con moderación más vino. Da igual de dónde venga, sea Rioja, Ribera, Priorato o Jumilla, pero que sea vino”.

Por su parte, José Peñín, el más prestigioso crítico de vinos de España, se refirió en su blog a este mismo problema para advertir de que el vino “ha dejado de ser un producto alimentario, y por tanto cotidiano. Todo lo cotidiano es un reflejo casi instintivo de consumo más allá incluso de los gustos. Hay que entender que este uso del vino, que posiblemente tenga los días contados, nada tenía que ver con la cultura o el amor hacia esta bebida, sino simplemente era un consumo regular, hídrico y calórico”.

Recordaba que, hasta principios de los ochenta, la calidad del vino diario “no se cuestionaba porque se trataba de una bebida que en su mayor parte se mezclaba con gaseosa por la necesidad de ingerir cantidad equivalente a la del agua. No existía cultura del vino como tampoco cultura del pan, porque era el mismo pan y el mismo vino todos los días”.

El problema era y es, según el especialista, que se bebe menos porque el vino ha pasado a convertirse “en un producto hedonista” y, como producto “lúdico y, por ende, esporádico”, es lógico que baje el consumo “al perder su cotidaneidad”. Ahora de lo que se trata es de disfrutar con “el placer de beber un vino mucho mejor”.

El caso es que ese descenso también se ha experimentado en otros países europeos, aunque también es cierto, sostiene Peñín, que en nuestro país “ha existido menos orgullo del vino tabernario y cotidiano, como el que sigue existiendo en Italia y Francia”.

En esos dos países, y esto ya no lo dice Peñín, sino Mucho gusto, sí hay más conocimiento del vino por parte de los jóvenes, una cantera que el sector tendría que cuidar. Los escasos intentos en este terreno (la bodega Neo, de la Ribera del Duero, sacó al mercado un joven llamado Disco, pensado para ese colectivo) no han hecho furor, precisamente.

Se debería trabajar ahí y también en no identificar al vino como un producto elitista, algo que no pasa sólo por abaratar precios (cosa que muchas veces conlleva una bajada de calidad) sino por una promoción más adecuada. Alguien debería plantearse por qué pasa lo del primer párrafo: los extranjeros van a una taberna y sí que piden tinto. Nosotros no.

Son las dos ideas que modestamente nos permitimos aportar sobre un asunto que merece reflexión y un debate. Les invitamos a que participen ofreciendo sus opiniones, ideas y sugerencias para mejorar la situación. Serán bienvenidas.

Fotografía: noticias.infocif.es

 

 

 

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