Mucho gusto
Así no se va por la vida
Mucho gusto, el blog de Spira, vino de calidad de Granada, habla esta semana sobre los muchos errores que se siguen cometiendo en bares y restaurantes a la hora de servir el vino.

Así no se va por la vida

Todo el que haya leído en alguna ocasión este blog de Spira, vino de calidad de Granada, habrá comprobado que no somos puristas, que entendemos que esto del vino es fundamentalmente para disfrutar y que cada cual puede hacer de su capa un sayo. No arrugamos la nariz ante un tinto con gaseosa ni cosas así. Bueno, si alguien hace eso con uno que tenga un precio de cuatro cifras, las ganas de llamar a la policía para dar cuenta del delito son difíciles de reprimir.

Sin embargo, hay fronteras que no se deben traspasar; comportamientos que se dan en bares y restaurantes que debemos censurar porque no son de recibo. Si nos gusta el vino, no podemos tolerar que lo traten de cualquier manera.

Ya hablamos en una ocasión de la temperatura de servicio, de esa manía que siguen conservando algunos de que el vino debe estar a temperatura ambiente, lo cual es tolerable y hasta de agradecer si en ese momento se disfruta de 17 grados o así. Pero un tinto caliente en pleno verano es un purgante, no un placer.

Aunque los hay que se pasan por el otro extremo, que para llenarte la copa sacan el tinto directamente del frigorífico, frío como un témpano, de forma que es imposible apreciarle aromas ni sabores. Encarni Mármol, asidua lectora de este blog, nos cuenta que en un restaurante que había en Antequera el vino lo servían en las mismas jarras de barro que utilizaban para la sangría y que, para mantenerlo fresquito, le echaban hielo y sanseacabó. En Algeciras, este que lo es vio unas cuantas botellas de Spira listas para ser servidas en los aperitivos de una boda. Estaban literalmente sepultadas entre cubitos de hielo. Por suerte, los camareros atendieron mis súplicas y las sacaron antes de que el vino fracasara estrepitosamente.

Otra cosa que tiene su miga es la copa. En algunos sitios se estila la copa-dedal, que no da para más de dos tragos, y en otros la copa-pecera, un pozo sin fondo que intimida al más pintado. Lo suyo es el término medio. Ni una muestra mínima, ni una copa servida hasta los mismos bordes, cosa esta última de la que se queja otra amiga del blog, Gema Martínez. «Es como si el vino fuese tan malo que les sobrara», protesta. Está claro que lo primero está mal, por insuficiente, y lo segundo también, porque el vino necesita que le dejen espacio para respirar.

Siguiendo con lo mismo, y puestos a pedir, tampoco estaría de más que el grosor de la copa fuera el adecuado, porque hay lugares donde te plantan en las manos una especie de bloque macizo, como los Duralex de los años setenta. Y en recipientes así el vino sabe a poca cosa.

Para terminar con lo de las copas: no procede en absoluto verter el vino en un vaso como los que se usa para beber agua, y el uso de lo que se conoce como el chato puede ser apropiado si se trata de consumir rápido. Un blanco, un rosado o hasta un tinto joven pueden caber ahí, porque en esos casos no importa tanto captar los aromas. Pero un crianza, definitivamente, merece otro recipiente.

Por otra parte, es increíble lo extendida que está la costumbre de abrir la botella e inmediatamente después volver a taparla con el mismo corcho. Parece que algunos tienen miedo de que el vino se vaya a evaporar, o que le pueda entrar una mosca o alguna partícula de polvo.

Si el vino tiene cierta calidad, se trata justamente de lo contrario: de que se mantenga abierto cierto tiempo antes de servirlo en las copas y que continúe así hasta que la botella se termine. Probablemente la segunda copa sepa mejor que la primera, porque en ese intervalo el vino ha tenido tiempo de expresarse. Al Spira, que es un vino complejo, le pasa eso.

Y por cierto, al hilo de lo anterior: a poco que se tenga algo de confianza con el personal, se le puede sugerir que, si la botella se está sirviendo por copas en la barra, hay varios métodos bastante más efectivos que taparla con el corcho. El vino tardará más en oxidarse y el consumidor (y su estómago) lo agradecerán.

En realidad, hay casi tantas objeciones como personas. Una rápida encuesta entre aficionados lo deja bien claro. Javier Barrera, por ejemplo, no soporta que le saquen la copa de vino «y no aparezca la botella». Es cierto: que uno sepa qué está bebiendo es lo mínimo que se puede pedir.

Nieves García y María Sierra, por su parte, hacen hincapié en que todavía hay muchos sitios donde se le hace probar por sistema al varón, un estereotipo con el que debería acabarse cuanto antes y que ya criticamos en una entrada anterior.

Carlos Nadales narra una anécdota espeluznante vivida en carne propia: en un restaurante de Marbella el camarero tuvo problemas al abrir la botella y, en lugar de ir a por otra, «presionó el corcho y lo hundió dentro».

Y, por no cansar, terminamos con Juanjo Liñán, al que no le gusta nada que mientras está cenando le pregunten: «¿Le sirvo más vino?» También tiene razón: ¿acaso viene ese mismo camarero para aconsejar una ración extra de lo que se esté comiendo?

Cosas todas ellas que, como dice Pablo Fuentes-Prior, hacen que uno «deje de creer en el ser humano. De golpe».

Fotografía: De la web www.taringa.net

 

 

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2 pensamientos sobre “Así no se va por la vida

    1. Spira Autor del artículo

      El mundo del vino es amplísimo; las formas de beberlo, incontables. Y de las manías ya ni hablamos…

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